J(e m)'accuse o la muerte del autor

Daniel G. Andújar, Dionisio Cañas, Azahara Cerezo, Enric Farrés Duran, Dora García, Núria Güell + Levi Orta,  Rogelio López Cuenca, Mateo Maté, Marta Negre Gallén, Pere Noguera, Itziar Okariz, Tere Recarens y Francesc Ruiz Abad

Comisario: Adonay Bermúdez

Inauguración, jueves 20 de junio a las 19 h

Del 20 de junio al 13 de octubre de 2019

Bòlit_PouRodó y Bòlit_StNicolau

 
 

J(e m)'accuse o la muerte del autor

 

Me acuso de creer que los lenguajes que habitamos y somos conforman un patrimonio público -de imágenes, palabras y todo tipo de signos; de creer que cada "obra" es fruto, y provisional, de un proceso que no podemos dejar de considerar colectivo, en tanto que se trata de lecturas, de diferentes actualizaciones de un código común.[1]

 

Es cuanto menos sorprendente que todavía hoy la apropiación dentro del campo del arte sea cuestionada, sobre todo teniendo en cuenta que una gran parte de lo que actualmente se produce tiene un alto contenido de apropiacionismo. Resulta curioso que a mayor evidencia menor valor social, haciendo acto de presencia cuestionamientos sobre los límites de la propia apropiación y los conceptos de plagio y de (co)autoría.

 

Así la apropiación consista en una copia literal y su posterior exhibición, en realidad no es la misma obra y nunca lo fue: ha sido mostrada en periodos cronológicos disímiles, con lo que conlleva a su vez diferentes posibles escenarios basados en localización geográfica, cultura, contexto, públicos... y así una infinitud de posibilidades que se multiplican con cada nuevo parámetro que se introduzca. Es por ello que la copia, la reproducción o la apropiación, como queramos llamarlo, siempre será un original.

 

La apropiación, en un primer momento, facilita la inclusión del espectador reduciendo su tiempo de asimilación, pues parte con unos recuerdos y unas asociaciones previas y totalmente personales que le permiten adentrarse en la obra más rápida y profundamente, y, posteriormente, duplica su tiempo de interacción, ya que primero debe destruir el significado primitivo para luego repensar o recalcular una segunda alternativa semántica. En un inicio seduce al público al hacerle entender que la imagen le es cercana y asimilable para luego sumergirlo en un maremágnum de posibilidades.

 

Resignifica, (des)fragmenta, (des)compone y (re)contextualiza. El apropiacionismo no deja de ser un palimpsesto, es decir, una imagen a la que se le ha borrado la información para posteriormente rescribirla bajo unas nuevas intencionalidades. Asimismo, el apropiacionismo desmonta las narraciones clásicas y anquilosadas del arte, cortocircuita la aparentemente indisoluble relación entre icono y significado, cuestiona el concepto de creación única (muy en relación con la muerte del autor que vaticinaba Barthes), constituye un acto democratizador e, incluso, supone una maniobra de ahorro o reciclaje visual: en una sociedad plagada de imágenes es lógico, y hasta responsable, apropiarse de ellas para evitar su proliferación descontrolada.

 

En nuestro tiempo la única obra realmente dotada de sentido, de sentido crítico, debería ser un collage de citas, fragmentos, ecos de otras obras. Con la rotundidad de esta reflexión datada en la década de los años 30, Walter Benjamin se posicionó, defendiendo la apropiación como un método de creación. Noventa años después seguimos con el mismo debate.

 


[1] LÓPEZ CUENCA, Rogelio: J(e m)'accuse. Catálogo Hojas de Ruta. Museo Patio Herreriano. Valladolid, 2008. P 69.

 
 

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