Recursos Propios

 

El acto creativo como dispositivo para la comunicación. Reflexiones sobre los medios y las vias que fecundan y distribuyen la creatividad, así como metodologias y situaciones para la participación activa en sus procesos y resultados.

 

Creación y emancipación a traves del trabajo de

 

Vladimir Arkhipov

Ana Garcia-Pineda

Luis Gárciga

Núria Güell

Elín Hansdóttir

Oh Eun Lee

Chiu Longina

Platoniq

Emili Padrós

Telenoika

 


 

El desarrollo tecnológico de las últimas décadas ha posibilitado nuevas maneras de relación, organización y distribución en aspectos tan diversos como la economía, las administraciones, la alimentación, la movilidad, la salud, el ocio, etc. Actividades cotidianas que habían supuesto sustanciales inversiones de tiempo se ven simplificadas gracias a la rápida comunicación de datos; en efecto, realizar transferencias bancarias, pagar los impuestos, conocer la previsión meteorológica, hacer el pedido al supermercado, obtener un mapa de ruta, concertar visita con el médico de cabecera o comprar una entrada para el cine es posible hoy desde casa con tan sólo un clic, evitando intermediarios y engorrosas gestiones.

 

En lo que se refiere a las conexiones interpersonales, proliferan las redes sociales, conformadas a partir de afinidades electivas basadas en intereses comunes de toda índole. Así mismo, en lo que respecta al conocimiento, su producción, distribución, transmisión y consumo también se ven transformados en todos los ámbitos en que se desarrolla.

 

Pero más allá de cuestiones puntuales y concretas se evidencian cambios más profundos en cuanto a la manera en la que nos relacionamos con nuestro entorno físico, material, intelectual y simbólico. Simultaneidad, fluidez, inmediatez y conectividad son algunos de los apelativos que pueden definir las nuevas dinámicas en las que el individuo contemporáneo, consciente de sus potencialidades y de la fuerza que puede alcanzar como miembro activo de una comunidad, desarrolla su día a día.

 

En sus estudios sobre la sociedad contemporánea, el sociólogo francés Pierre Bourdieu sostiene que aparte del considerado como capital económico, disponemos de otras tres tipologías de «capital»: en primer lugar, el capital humano, detentado a través del conocimiento y las habilidades; seguidamente, el capital social, que viene dado por las conexiones y las relaciones, y, por último, el capital cultural, entendido como la capacidad de tomar parte en actividades culturales más allá de la alta cultura, como los deportes o las aficiones, pasando por todas las manifestaciones del ocio (cine, museos, literatura, etc.). Para Bourdieu,[1] el capital cultural es aquel que nos distingue como individuos, mientras que la combinación de todas las categorías de capital determina nuestra identidad y estilo de vida.

 

Por su parte, en 1992, el escritor Howard Rheingold, al investigar las dinámicas de uso de la telefonía móvil y sus implicaciones en la sociedad, le preguntó a Marc A. Smith, ex alumno suyo en la UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) y actualmente sociólogo investigador de Microsoft, sobre qué aportan las comunidades virtuales para que el individuo comparta constantemente información con personas a las que nunca ha visto cara a cara. La respuesta de Smith fue: «Capital de red social, capital de conocimiento y oportunidades de sociabilidad».[2]

 

Interiorizadas las posibilidades que los individuos tenemos hoy para transformar situaciones mediante la comunicación, el intercambio de información y la participación en acciones en comunidad, aparte de grandes infraestructuras y poderes fácticos, está ya probado que se pueden conformar estructuras susceptibles de tener una gran influencia en el perfil de la sociedad de las próximas dos décadas. Así lo constata Charles Leadbeater, especialista en innovación y creatividad, reconocido asesor empresarial y político, al analizar algunas situaciones,[3] como por ejemplo, la aparición del sistema operativo libre Linux (con 20 millones de usuarios), el sistema Napster de intercambio de archivos musicales o el videojuego The Sims (con más de 30 000 colaboraciones en su desarrollo). Se trata, en todos los casos, de experiencias impulsadas por individuos particulares, los conocidos como profesionales-amateurs (Pro-Ams), de propuestas que demuestran cómo el trabajo independiente y en red puede derivar en un gran impacto en política y en cultura, en economía y en desarrollo.

 

Las consecuencias a nivel global son enormes. Pero, ¿qué aplicaciones pueden tener estas tendencias en comunidades locales?

 

Más allá del uso de tecnologías avanzadas, ajenas a macroestructuras corporativas afianzadas por grandes presupuestos económicos, han surgido nuevos modelos organizativos que se caracterizan por ser innovadores, adaptables y de bajo coste. Es la fuerza del capital cultural y social de la sociedad contemporánea, organizada en red y centrada en el intercambio de conocimientos. Y es que, parafraseando a John Thackara, «una transición está ya en marcha desde la innovación impulsada por la ciencia ficción hasta la innovación inspirada por la ficción social».[4]

 

Con los beneficios operativos que aportan las nuevas dinámicas es posible la generación de modelos alternativos, desde la fuerza de las sinergias locales y aplicando la creatividad.

 

Actualmente, y teniendo en cuenta todas las transformaciones a las que hacíamos referencia, ¿cómo evolucionan y de qué forma se gestionan el capital cultural y el capital social? ¿Qué consecuencias cabe contemplar?

 

La cultura -y, por ende, el arte, que actualmente ha superado planteamientos meramente estéticos- es una de las formas de producción y de transmisión de conocimiento más relevantes. ¿Cómo se encajan todos estos cambios en la creación? ¿De qué manera influye el aumento del grado de autonomía de los individuos? ¿Quién posee el poder de la creación? ¿Cómo se vehicula y transmite? ¿Dónde radican los medios que lo alimentan?

 

Las cuestiones que surgen desde este ámbito son numerosas, y la exposición Recursos propios quiere, a partir del trabajo de diez artistas de muy variadas procedencias y disciplinas, profundizar en ellas al objeto de establecer algunas bases de reflexión. Recursos propios, en efecto, presenta elementos como la imaginación, la innovación, las redes de intercambio y el capital cultural en forma de propuestas artísticas que fluctúan entre el activismo y la reflexión especulativa, mediante acciones, películas digitales, intervenciones, trabajos videográficos o collages murales.

 


[1] Pierre Bourdieu, Distinction: a social critique of the judgement of taste, Londres, RKP, 1985.

[2] Howard Rheingold, Multitudes inteligentes. La próxima revolución social (Smart Mobs), Gedisa, Barcelona, 2004, p. 58.

[3] Charles Leadbeater y Paul Miller, The Pro-Am revolution. How enthusiast are changing our economy and society, Demos, 2004.

[4] John Thackara, In the bubble: designing in a complex world, MIT Press, Boston, 1995.


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