"Bòlit Mentor 3. L'art de saltar"

Artistas: Ester Baulida, Josep Masdevall, Conxa Moreno y Servand Solanilla

Comisario: Àlex Nogué

Del 1 de abril al 31 de mayo de 2015

Bòlit_LaRambla, Sala Fidel Aguilar

Inauguración: miércoles 1 de abril a las 19 h  

 
 

EL ARTE DE SALTAR

 

Desde las vanguardias hasta el momento actual, han surgido, y siguen surgiendo, diversos intentos de integración que no han conseguido reparar la grieta que un día se abrió entre el arte y la sociedad. Mientras tanto, observamos cómo con cada nueva reforma de las leyes de enseñanza se minimizan cada vez más las disciplinas humanísticas y artísticas hasta relegarlas a la posición de marginales o, directamente, de inútiles.

 

Marina Garcés plantea en «Carta als meus estudiants de filosofia (i a tots aquells a qui els avergonyeix continuar obeint)» [Carta a mis estudiantes de filosofía (y a todos aquellos a quienes les avergüence seguir obedeciendo)] uno de los dilemas fundamentales de la enseñanza de la filosofía, y, por extensión, del arte: «Tenedlo claro: el valor, en términos de cálculo, que obtendréis de esta carrera es cero. Pero la riqueza que podréis extraer de ella, si así lo queréis, será inagotable. El rendimiento no depende de vosotros. La riqueza, sí».

 

Se calcula que en Cataluña el porcentaje de artistas que se puede ganar la vida con su actividad artística apenas supera el 1%. Este porcentaje es ligeramente más alto en Berlín o Nueva York. Y, no obstante, ¡con qué empeño se invierten tremendos esfuerzos en obtener reconocimiento, ya sea en forma de dinero, fama, alivio de una autoestima devaluada o tantas otras motivaciones! ¿A qué cuestiones intentamos responder los millares de personas vinculadas a la creación, ya sea como artistas, galeristas, analistas, comisarios, estudiosos...? ¿A qué recursos del conocimiento hemos de acudir para esquivar lo que la más ordinaria de las interpretaciones tildaría de fracaso existencial?

 

Son pocos los que se creen que el éxito responde más a las cualidades personales que a la coincidencia de unas circunstancias favorables. Que no siempre salen adelante los mejores es una evidencia obvia para cualquier observador de los fenómenos culturales. Sin embargo, a los esforzados, a los resistentes, a los que han de sobrevivir con mil estrategias, se les calificará de perdedores con una gratuidad impropia.

 

El origen de la creación artística es el deseo. Como creadores, nos mueve el ansia de satisfacer una necesidad profunda que en sí misma es liberadora y, por eso mismo, revolucionaria. Como receptores, el arte nos atrae en tanto que es un reflejo capaz de estimular emotiva e intelectualmente nuestro propio deseo.

 

¿Qué es lo que hay que hacer? ¿Admitir la apropiación indebida que se ha hecho de un procedimiento inútil pero imprescindible? ¿Limitarse, como marcan las señales del tiempo, solo a lo que responde a la eficacia mediática o a la inversión? ¿O, como hace Nuccio Ordine, reivindicar lo inútil, no solo como un método que permite el desarrollo del espíritu, la cultura o el bienestar de la sociedad, sino porque la pura existencia de lo inútil nos puede hacer más humanos y más felices? Un saber realmente útil era, como nos ha recordado recientemente la exposición homónima del Museo Reina Sofía, la manera en que los obreros ingleses de las primeras décadas del siglo XIX agruparon las disciplinas que, catalogadas de no prácticas, podrían ser una herramienta de emancipación y de conciencia crítica.

 

Se impone el aprendizaje de lo que Louise Bourgeoise denominaba «el arte de saltar», el reconocimiento de la emoción que impulsa una actividad que en sí misma también puede ser un fin, una «iniciación», por usar una expresión de García Lorca, a un conocimiento para el cual todos estamos capacitados, y que Beuys remarcaba con la frase «todo hombre es un artista».

 

El salto, sin embargo, sería suicida si no se acompañase de una clara visión que desvelase el poder y quién y cómo lo ejerce; la mitificación y para qué sirve; la espectacularización y qué oculta. Una clara visión que entienda que la creación es un bien común que puede producir obras generadas por el deseo personal y que solo son importantes si son consecuencia y causa de la interacción colectiva.

 

Àlex Nogué, comisario